Los ovetenses somos gente de costumbres, gente que veranea, abandonamos la ciudad cuando empieza a reinar julio y tratamos de volver lo menos posible hasta que agoniza agosto. Bien es cierto que la ciudad ya no luce desangelada los meses de estío gracias a los turistas, pero a los autóctonos es difícil verles el pelo.

Volver a casa, abandonar el veraneo y plantarse en la capital es a la vez algo triste y jovial: adiós a las vacaciones perpetuas de sol y playa y bienvenida la rutina. Nos dejamos ver morenos, sedientos, nostálgicos y esperanzados en un futuro que empezamos a alcanzar. Qué maravilla esos días en los que las tardes de sol aún se alargan, en los que aún no es septiembre o lo es muy poco y aún no llueve, esos momentos en los que moldeamos los recuerdos de lo vivido frente a un buen trago. Acudir al frescor de una coctelería en Oviedo y saludar a esos camareros que hacía tiempo no veíamos, pero que nunca olvidamos porque saben hacer de amigo, de psicólogo, de todo. Porque cuando la memoria nos pica como una abeja muerta saben poner la copa justa, la combinación exacta, que aplaque los recuerdos turbadores y haga aflorar los buenos. Todo era peor antes de que existiese la coctelería en Oviedo, un lugar oscuro y vulgar; y todos esos cocteleros a lo largo de los años han aliviado la pesadumbre de vivir y hecho de este mundo un lugar mejor, mucho mejor.

En esos momentos en los que agoniza el sol tras las  montañas todo es posible sentado en la terraza de MALA-SAÑA, un oasis entre el estrés y las prisas. Busquen el verano en el fondo de un mojito; relájense, saboreen el salitre que cubrió nuestra piel mientras toman una margarita; vean la maravillosa puesta de sol que les brinda su negroni; disfruten de un whisky y de la insatisfacción del deber cumplido.

Queden con sus amigos y hagan memoria de los días eternos e imborrables que dejamos atrás, que les sirva esto de alivio y remedio para los días plúmbeos y comunes que empezarán a pasar, uno tras otro, avanzando como un engranaje y comiendo páginas del calendario. Sacar una sonrisa y derramar una lágrima por el tiempo que pasa y no vuelve, pero qué es esto más que la vida.

En el frío invierno, entre duras semanas de curro y responsabilidades, siempre tenemos la oportunidad de agarrarnos a ese salvavidas que es MALA-SAÑA, cogemos esas copas como el náufrago aprieta el trozo de madera, para seguir vivos; y nos sirve como motivación y recompensa para no desistir y acabar la semana. Pero nunca olvidar que veranear es una cosa tan maravillosa que puede hacerse en cualquier momento del año; ya lo decía el gran David Gistau alzando al cielo su negroni: “A esta vida hemos venido a veranear”.

Estrujen estos días al máximo sin perder ni un ápice de tiempo, porque a esta estación ya le estamos dando los últimos pases, que son los que quedan en la memoria del público y pueden brindarnos el triunfo y salir por la puerta grande. Aprovechen las terrazas, el rumor de las sandalias y las risas, el olor a after sun, lo guapa que está la gente morena y lo nuevo y bello que parece todo hasta que el ojo se acostumbra. Hagan todo esto mientras gozan con un buen cóctel, déjense guiar sin miedo, experimenten, jueguen, y verán que nada les parece imposible.

Nos vemos en la barra, brindo por ustedes.