Ahora que ya han dado comienzo las fiestas de San Mateo, es el momento de echarse a la calle y disfrutar de estos días de diversión que tenemos por delante. Son unas fiestas extrañas, lo sé, capadas, a medio gas, pero es lo máximo que nos permite este maldito virus que parecía invencible y al que ya le estamos ganando la batalla. San Mateo es una estación más dentro del albur ovetense, ni ya es verano ni aún otoño: es San Mateo.

Durante estos días esperemos que vuelva a reinar el buen rollo, la cerveza y el mojito, rey de los tragos en época mateína. Como ese manuscrito de Hemingway que ahora luce enmarcado en la pared de La Bodeguita del Medio: “My mojito in La Bodeguita, my daiquiri in El Floridita”, pues algo así pueden poner durante San Mateo en una de las columnas de MALA-SAÑA: “Mi mojito en el MALA-SAÑA, mi cerveza también”. Porque como siempre, durante esos días va a llover, no sabemos cuánto, pero sí que lo hará; así que qué mejor que acercarse hasta aquí y disfrutar.

Pocas ocasiones se me ocurren tan propicias para adentrarse en el grandioso mundo de la coctelería que durante las fiestas ovetenses. Cada hora, cada momento, cada estado de ánimo y cada compañía tiene un trago perfecto que hacen que no sólo todo parezca mejor, sino que lo sea. No hay mayor honor para una coctelería que servir de beber a unos amigos, porque la amistad se trabaja mucho mejor brindando y alzando las copas. Estando aquí no sólo estarán en la mejor coctelería de Oviedo, cosa que escribo con conocimiento de causa y no porque esté a sus servicios, también tendrán todo el ambiente de fiesta a su lado: sin colas, al resguardo, bien atendidos y bebiendo lo mejor. Porque la vida es demasiado corta para andar perdiendo el tiempo y bebiendo malos tragos.

Pidan su mojito, cierren los ojos y den el primer sorbo; sientan como ese dulzor y el olor a menta les transporta a esas playas cubanas de un agua tan clara que es de color azul vacaciones, a ese paraíso lejano pero que con cada trago vuelve a estar tan cerca. El mojito es un clásico entre los cócteles, y así lo hacen, porque si una cosa funciona y es perfecta no debe tocarse.  Aunque si entre tanto estrés hepático y gástrico quieren descansar, pero sin decir adiós al alternar, les recomiendo decantarse por el mojito de piña, que es una auténtica delicia, aunque le falta la gracia y la vida que da un buen chorro de ron blanco.

Después de un concierto, de acudir al teatro o de pasearse la ciudad no hay mejor plan posible que charlarse unos tragos, que el alcohol engrase la conversación como lo hace tantas veces con la vida, que recordemos dónde estábamos hace un año y dónde estamos ahora. Hay que disfrutar con precaución y cuidado, pero hay que hacerlo. Necesitamos el desahogo que da poder disfrutar de una de esas noches que parecían eternas y se consumen como una mecha. Y consumir en todos los lugares, porque nadie nos puede decir ni impedir dónde hacerlo, faltaría más; pero sí debemos recordar a los que están siempre, mes a mes, detrás de la barra saciando nuestra hambre y nuestra sed. Porque hay que ser clientes, jamás consumidores; porque debemos actuar acorde a cómo se actúa con nosotros. A las personas se las conoce por como tratan a los camareros, no formen parte del grupo equivocado.

Beban; con moderación o sin ella; disfruten, sin límites; charlen, pero también escuchen; rían, sobre todo de ustedes mismos; enamórense, porque no hay fiestas sin amor; canten, pero no muy alto y brinden por todos. Nos vemos en la barra, brindo por ustedes.