El fin del uso obligatorio de las mascarillas podríamos fijarlo como el hecho definitivo de que la pandemia ha sido superada. Adiós, a la mascarilla, adiós. Entre el virus y el hombre sería muy complicado fijar quién ha ganado, pero sí podemos asegurar que el hombre se ha impuesto o mejor dicho ha aprendido a convivir con él. Después de tantas desgracias y malas rachas empezamos a ver el rayo de esperanza, ese haz de luz que llega con la primavera y esperemos que nunca más se vuelva a ir.

A muchos se les hace raro desprenderse de la mascarilla, tengo que decirles que yo no soy uno de éstos. Era algo que llevaba deseando mucho tiempo, algo que pensé que, al paso que llevábamos, jamás lo lograríamos. Era ridículo tener que entrar a un bar con la mascarilla para nada más sentarse poder despojarnos del bozal. Por otro lado, era en la hostelería donde se nos permitía coquetear con la normalidad, con aquella realidad que empezaba a diluirse en nuestras cabezas, y podíamos vernos con la cara plena y descubierta.

La coctelería en Oviedo MALA-SAÑA, junto a algunos otros locales, actuó de refugio de la verdad, que siempre está en la belleza, y guardó la llama de la vida pre pandémica: esa donde nos tocábamos, nos besábamos, interactuábamos y éramos muy felices sin apenas darnos cuenta.

Ahora que, me la juego a decir esto, ya hemos superado al bicho, no es momento del regreso de la policía de balcón: dejemos que cada cual decida si llevar mascarilla o no, qué coño importa, y no señalemos ni acusemos al otro. Aprovechémonos del buen tiempo por venir e invitemos a un vermut, un cóctel o a lo que sea; porque de todo esto de la covid íbamos a salir mejores, y poco se está demostrando. El mismo pueblo cainita y ruin antes y después del virus, con o sin mascarilla, qué pena. Pongámosle solución a esto, a esta lamentable actitud, unámonos para demostrar de lo que somos capaces los españoles. Y qué mejor forma que en torno a una mesa. Dice Oscar Tusquets que siempre que una mala noticia siempre es menos delante de una buena comida o sentado en la barra de tu bar favorito: “Una novia me dejó en el DRY BAR, me había quedado sin ella pero tenía Dry Martini. No fue un día tan malo”.

Qué sensación atravesar la puerta de MALA SAÑA sin mascarilla, acercarme hasta la barra y saludar, estrechar las manos, abrazar a unos y otros. Sentarme y pedir lo primero un Negroni, que está igual de bueno que siempre pero a mí me sabe mejor, disfrutarlo. Hablar con unos y otros, con otros y varios. Dejarme aconsejar por los camareros, y sorprenderme de que siempre acierten. Brindar por todos los hosteleros, porque todo su sacrificio haya merecido la pena y todo lo que venga sea para mejor, y por los momentos hermosos que nos hacen disfrutar. Divertirme sin prisas, ni mandatos ni recomendaciones ni nada, sólo pasar un buen rato. Volver a vivir. Volver a esas rutinas que conlleva la normalidad.

Y ahora que llega el verano, éste que va a ser el bueno, el de la recuperación verdadera, prepárense porque va a ser gorda. El primer verano verdadero tras el horror: tendremos que estar a la altura.

Nos vemos en la barra, brindo por ustedes.