Llegado ya junio, los primeros bonitos del norte a las rulas y la Beneficencia podemos asegurar que ya ha llegado el verano. Me da igual que la estación de comienzo el 21, eso será para ellos; porque como todos sabemos, el verano tampoco acaba el 23 de septiembre, no, se acaba cuando volvemos a la ciudad y la rutina: cuando la responsabilidad y los quehaceres van borrando el moreno de la piel. También, y debo reseñarlo, hay quienes viven en un verano perpetuo, personas que parecen salidas de los catálogos crucero de las grandes marcas de lujo; ojalá pertenecer a esta clase: a la vida hemos venido a veranear.

En Asturias ya sabemos que estos meses en los que lo esperado es el buen tiempo, el azar juega a la ruleta entre el sol y las nubes y la bola siempre cae del lado de los estratos. Pero los días de restallón se disfrutan aquí como en ningún otro lugar. Ya saben que a todo se acostumbra uno, pero mucho antes a lo bueno que a lo malo, y más aún a lo mejor que a lo bueno. Los días de sol son, como decían en Ali G: “De lo bueno, lo mejor”.

Me gusta empezar el estío tomándole el pulso: pensando planes, playas, fiestas de prao, amigos, comidas, copas. Todo eso que nos hace disfrutar y felices, que no es para todos lo mismo, pero se suele parecer. Sentarme en el palco de MALA-SAÑA y con la mirada en el horizonte disfrutar de un Bellini en esta soledad acompañada y mecida por el champán y la pulpa de melocotón. El Bellini nos da la medida del verano, de ese espacio de tiempo que dura un segundo y a la vez es eterno: una ráfaga de candor e impiedad.

Y regocijarse en lo que vendrá, en los planes que no llevaremos a cabo y en los que ahora ni somos capaces de imaginar y surgirán. Esa playa anaranjada reflejada en el espejo del mar mientras es atravesado por la espada del sol, ese rayo que antes que nos alcance desaparecerá entre las olas.

Y otras veces, con cada trago y el bulle-bulle de la terraza, uno se cree como el Marcial del libro de Alejo Carpentier ‘Viaje a la semilla’ que el reloj se detiene y las manecillas comienzan a retroceder y en nuestra cabeza empiezan a surgir esos fantásticos recuerdos de veraneos pasados: el sabor de la sal en la piel, ese primer amor, las vacaciones con los padres, las comidas en familia. Este Bellini se convierte en proustiano que nos mece entre la espuma y la arena de la memoria.

Disfrutemos de la terraza cuando el tiempo y la afluencia nos lo permita, que son esas experiencias que se llevan para toda la vida. Y seamos solidarios, rotemos, no acaparemos una mesa toda la tarde, porque el verano también es compartir y pasarlo bien con otros: cuantos más, mucho mejor.

Nos vemos en la barra, y en la terraza, brindo por ustedes.