Hace ya más de dos años que se murió y aún le seguimos echando de menos. Los que sólo le leíamos y le idolatrábamos no pasamos un sólo día sin acordarnos de él, de ese gran hombre que era David Gistau; y qué pena tener que hablar en pasado cuando sigue tan presente. Si así estamos nosotros, no quiero ni pensar cómo estará su familia y amigos. Hay huecos que jamas se pueden llenar, esto ya lo contó mejor que nadie Karmelo C Iribarren: “La vida sigue -dicen-, / pero no siempre es verdad. / A veces la vida no sigue. A veces sólo pasan los días.”.

Gistau se fue muy pronto, mucho, demasiado. Dejando a unos niños pequeños que por la mala suerte de la vida quedaron privados de un padre que siempre quiso lo mejor, que fue el mejor; y a una mujer a la que quería y ella le quería, le quiere, tanto que es imposible escribirlo, porque hay amores que sólo pueden vivirse, no explicarse. De esos hijos me acuerdo mucho, quizá porque yo también perdí una madre a una de esas edades que no debería perderse, aunque viéndolo bien no hay ninguna edad en la que uno quiera perder a sus padres. Esos pequeños que vivirán con un recuerdo eterno pero difuso, que se volverá nebulosa en el paso de los años, pero que siempre será una presencia constante en todo lo que pase en sus vidas.

DG fue el mejor de los buenos, el mejor de esa gente maravillosa que escribe en periódicos, uno de esos que con su sola firma justificaba la compra de un periódico. En sus 49 años vivió más de lo que muchos centenarios lo han hecho, porque él era de hacer. O fue, porque luego por la familia dejó las noches eternas y las faldas. Pero no abandonó la copa ni los bares, los que usó de refugio cuando la tranquilidad se rompía por lo juegos y las risas de sus cuatro críos. David disfrutaba de cada trago, pero lo que más le gustaba era el negroni, demostrando una vez más que era un hombre sabio. ‘Capitán Negroni’ creo recordar que un día le llamó Jabois, y así quiero recordarle. Acodado en una barra paladeando lentamente el dulce amargor de esa santa bebida, esa mezcla perfecta que surgió por casualidad como la genialidad. Él siempre se tomó el penúltimo negroni porque nunca pensó en irse, porque siempre pensó que lo mejor está por llegar. Y siempre le va a faltar a él y a sus amigos tomarse un negroni, mejor varios, más. Qué artículos nos hemos perdido por su falta, siempre es necesario un escritor con pulso de cirujano para diseccionar la actualidad y mostrarnos la verdad y la belleza.

A Gistau, allá dónde esté, me lo imagino tumbado en una hamaca como Jep Ganbardella, ese magnífico personaje de ‘LA GRAN BELLEZA’, meciendo el negroni mientras el sol se pone: el mundo a sus pies. David ha trascendido sin pretenderlo, ha logrado que cada parte de campari, vermú y ginebra que tomo sean en su honor. Sentado en MALA-SAÑA, con cada negroni alzo el vaso y brindo en su honor. Hagan lo mismo, va por David Gistau.

Nos vemos en la barra, brindo por ustedes.