Hace ya años que Oviedo no cuenta con cines en la ciudad. Me dirán que están los de Los Prados, pero eso no es ciudad, es un centro comercial. Desde 2007 que cerraron los Brooklyn dejaron huérfanos a todos aquellos que encontramos en el cine un refugio, “una vida de repuesto”. Ya no hay adolescentes tratando de buscar el primer beso ni el roce suave de la piel bajo la ropa en las butacas: esos besos con sabor a palomitas y Coca-Cola, esas manos temblorosas moviéndose con torpeza.

Y las primeras películas de Disney, el descubrimiento de Pixar. A las que ibas acompañado de tus padres y ahora no sabría decir a quién le gustaban más. Y aquellas malas de acción o esas comedias románticas que te encantaban cuando ya no eras pequeño ni grande. Esas películas iniciáticas del buen cine que te llevaban tus padres y tú pensabas que iban a ser la más chapa y luego no podías ni pestañear. y esas salidas de tus padres, en las que te dejaban en casa y te creías Tom Cruisse en ‘Risky Bussines’, al cine y a cenar; o también esa pareja de ancianos cogidos del brazo esperando la cola y en los que te veías en un futuro.

Todo esto y más se había esfumado de Oviedo, dejando un vacío en la ciudad y los ovetenses que creíamos irreparable. Pero no, gracias a RADAR y al Ayuntamiento de Oviedo volvió la magia. Ya no hay cines, pero tenemos el Filarmónica que es mucho mejor y los ciclos que programan son maravillosos y de calidad. Además es gratis, poco más se puede pedir. Sentarse en una de esas butacas, esperar a que se apague la luz, salga la imagen y surja el sonido. Es una de esas experiencias mezcla entre lo sublime y lo ascético. Sólo se podría mejorar si esa cortina aterciopelada se descorriera antes de empezar el film, como en los cines de antes. Este ritual extinguido era de las cosas más bonitas: al abrirse daban paso a otro mundo.

Especialmente me gustan los ciclos de cine clásico o los dedicados a algún actor o actriz eternos, como dice mi padre: “De los buenos, de los de toda la vida: cuando ellos eran guapos y galanes y ellas la mayor de las bellezas y peligrosas”.

Y qué bien se bebe y se fuma en esas películas. Ojalá tener el más mínimo parecido a Humphrey Bogart en ´Casablanca’ sujetando su copa y pasar una noche en el Ricks Café mientras Sam aporrea su piano y canta. El mundo de ayer, que no era tan líquido como el de hoy, pero al que podemos volver por un tiempo gracias a esto tan grande que llamamos cine.

Parecido a algo que decía Fellini, un buen cóctel es como una buena película: no es eterno, pero te deja un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, volvemos a renacer. Tan bueno como ver cine es hablar de cine, tanto o más. Además son complementarios, el cine es algo que se disfruta en solead y que el compartirlo se hace aún más grande. Y tendremos que hacer caso a Buñuel, él nunca hablaba de nada, menos de cine, sin una copa de por medio. Ríndanle homenaje después de cada película pasándose por la coctelería en Oviedo MALA-SAÑA y pidiendo un Dry Martini de esos que le gustaban al genio aragonés: “Básicamente, se compone de ginebra y de unas gotas de vermut, preferentemente Noilly-Prat.

Los buenos catadores que toman el Dry martini muy seco incluso han llegado a decir que basta con dejar que un rayo de sol pase a través de una botella de Noilly-Prat antes de dar en la copa de ginebra. Hubo una época en la que en Norteamérica se decía que un buen Dry Martini debe parecerse a la concepción de la Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo. Pues el Noilly-Prat, lo mismo”.

Nos vemos en la barra, brindo por ustedes.