Da gusto volver a donde uno ha sido feliz, sobre todo para seguir siéndolo. Después de esas dos semanas de vacaciones, MALA-SAÑA ha vuelto a abrir sus puertas. Vacaciones más que merecidas, he de decirlo, porque por mucho que les gusta lo que hacen y lo dichosos que nos hacen cuando trabajan, todo el mundo ha de tener descanso, más ellos. Nunca hay que olvidar que olvidar que el descanso es la parte más importante del trabajo, y la más placentera.

Noviembre es uno de esos meses intermedios, de preparación entre lo que dejamos atrás y lo que viene, esos días del año en los que la calma, como el ojo del huracán, preceden y anteceden la maravillosa tormenta del ocio: justificación de una vida. Dejamos el verano y el otoño tierno y nos encaminamos a las navidades y el invierno: abandonamos los tragos ligeros y refrescantes para enfrascarnos en el calor y el poso de los tragos lentos y pausados. La terraza deja sitio al resguardo de la barra, los vermús se acortan y se alargan las sobremesas. Una época, como cualquier otra, perfecta para el disfrute y el deleite etílico. Las tardes grises y las noches oscuras se iluminan con un buen whisky. O más.

Los días que MALA-SAÑA estuvo cerrado nos dejaron huérfanos, como pájaros desorientados nos encontrábamos en otros lugares y a otras horas, a las horas que debíamos de estar allí. No nos saludábamos, pero como miembros de un club selecto y no exclusivo nos reconocíamos por las esquinas, por la barras y terrazas. Quince días sin tomarme un negroni han hecho que mis papilas gustativas, acostumbradas y enamoradas a este amargo y delicioso sabor, vuelvan a reencontrarse con este delicioso trago: como dos amantes que se quieren y se desean pero el destino les separa, el encuentro no puede ser mejor. Uno bebe como lo que es y lo que aspira a ser. Para que pasen cosas o para que dejen de hacerlo.

Abiertas las puertas, encendidas las luces, puesta la música y agitándose las cocteleras volvemos los parroquianos al santo templo del bebercio, como a esa liturgia purificadora y telúrica donde cada sorbo purifica y mitiga lo vivido durante la semana y predispone para lo que está por llegar, que nunca se sabe si va a ser malo, bueno o mejor. Cada baile de la coctelera, con ese clan-clan de los hielos, es un dado lanzando al aire en pro del hedonismo y la eternidad.

Ya han vuelto, ya están esperándoles, esperándonos, con una sonrisa en la boca en los brozas ágiles y las manos resueltas. Vendrán novedades, porque todo tiene que cambiar para que nada cambie, porque la eternidad del gozo dura poco tiempo, y es necesario renovarla para tratar de hacerla infinita. No sé a qué esperan a ir, dónde mejor van a estar que en MALA-SAÑA. Y se lo digo por conocimiento y experiencia: son años y copas. Nos vemos en la barra, brindo por ustedes.