Las navidades traen muchos buenos momentos: reencontrarse con la familia; volver a ver a los amigos de siempre, a los que ya no ves tanto porque hay que buscar la castañas donde las hay; los pantagruélicos manjares; la despedida y entrada del año; la llegada de los Reyes Magos. Y otras que no tanto, como las peladillas, las versiones de los villancicos o esa persona que ya no está y siempre vuelve a tu cabeza a la hora del brindis. La Navidad es otra estación más del año, la más especial: invierno, primavera, verano, otoño y Navidad. Aquí comemos cosas que el resto del año no, aunque no saben lo que se pierden si el marisco sólo lo reservan para tan pocos días, y bebemos de lujo, que siempre es poco y está por debajo de lo que nos merecemos.

Una de las mejores tradiciones de estas fechas -de estas fechas y de todas, la verdad- es el vermú los días de Nochebuena y Nochevieja, y todos los días que se salga con la familia y los amigos. Lo llamo vermú porque considero que eso de ‘aperitivo’ es una cursilada siempre y cuando no se haga en Italia y con varios negronis de por medio.

Estos vermús se estiran como chicles y se empalman con la cena, que para eso son con los nuestros y nos lo perdonan todo. Hay quienes viven día a día, otros lo hacen partido a partido a partido y quienes lo hacemos vermú a vermú. El 24 al mediodía las ciudades explotan y se expanden, se aflojan las corbatas, se relaja el tacón y se mueven las muñecas. Qué hay mejor que esos brindis alrededor de una buena mesa, esas exaltaciones de amor que acaban en exaltaciones etílicas porque son lo mismo.

La indagación alquímica permitió al hombre lograr uno de los mayores hallazgos de la historia: las bebidas alcohólicas. Medio parafraseando a Churchill, el alcohol ha salvado tantas vidas como los doctores, porque ya la salud no debe de ser la falta de enfermedad, sino la buena vida. Considero el vermú como una bebida mágica y sagrada, como una de las cotas más altas de la creación etílica, como bebida mística y catártica, que reinó, reina y reinará en nuestras vidas. Blanco o de color; sólo, mezclado o como ingrediente de algún coctel. El vermú triunfa.

En MALA-SAÑA, ese templo de la adoración a Baco, elaboran ambos tipos (blanco y color) con una mezcla secreta, pero de la que se puede desvelar que lleva una maceración con frutas frescas. Lo que yo les puedo decir es que están muy buenos, tanto que pueden rivalizar con ese sanctasanctórum que es el vermú de LA PALOMA, y que pocas rutas mejores se me ocurren para tomarse algo que moverse entre estos dos lugares.

Los vermús de MALA-SAÑA pueden tomarlos allí, en ese locus amoenus que es el local entre tanto caos y desconcierto; y pregunten, déjense asesorar, porque siempre aciertan. O se los pueden llevar a casa, que siempre viene bien tener buenos tragos a mano; también es un buen regalo que pedir a los Reyes, que se dejen de calcetines y pijamas y que empiecen a regalar vermú, pese a que corren el riesgo de que se lo beban por el camino y las botellas les lleguen vacías.

Sea como sea, fuera como fuese, disfruten de estos días, celebren lo que se pueda y nos dejen y sean felices. ¡Felices fiestas!

Nos vemos en la barra, brindo por ustedes.