Los lunes que MALA-SAÑA cierra por descanso me asomo a las ventanas y veo vacío el local. Me quedo ahí parado durante un rato, pensando lo bien que lo pasamos siempre adentro y todo lo que habrán vivido esas paredes. Hay lugares que siempre nos están esperando aunque no volvamos jamás a ellos, aquí pasa lo mismo pero diferente: porque volvemos una y otra vez, porque es difícil renunciar a lo bueno. Pocas cosas tan tristes como un bar vacío o un estadio de fútbol o una piscina. Sitios donde casi siempre uno es feliz, aunque hay veces que no, pero donde se vive intensamente.

Cada vez cuesta más ser auténtico, porque todo lo real esta mal visto en este mundo donde impera lo políticamente correcto. Acudir a una coctelería en Oviedo y beber es ahora más una forma de rebeldía y de lucha que de placer. Como esa vez que le preguntaron a Dalí saliendo del Museo Del Prado que había de nuevo y él respondió: “¿Qué hay nuevo? Velázquez”. Pues así respondemos los acólitos a MALA-SAÑA cada vez que abandonamos esta casa: “¿Qué hay nuevo? Cócteles y copas”.

Hacía años que no se perseguía tanto el ocio nocturno como ahora, que para los que no lo sepan es salir a beber y pasarlo bien y eso. Y uno puede beber a la hora que sea, faltaría más, pero la mejor forma de hacerlo es entrada la noche, en un buen lugar, con grata compañía y bajo la batuta de un gran barman. Y esto en Oviedo tiene un nombre y es MALA-SAÑA.

Ya lo decía Buñuel: “Yo he pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible. Costumbre antigua, robustecida con el paso de los años”. El cineasta español fue fiel a algunas cosas, que siempre son muchas, pero a nada como al aperitivo; nunca falló a su cita diría, que con el tiempo se fue haciendo doble, con el buñueloni (su receta del dry martini). Algo parecido al Maestro Manuel Alcántara, que fue fiel al Martini y a la columna diaria todos los días de su vida; del que dice Garci que nunca le vio trastabillarse con una sola sílaba y al que contempló libar ‘balas de plata’ (así llamaba Alcántara al dry martini) más que a nadie: una copa, el pitillo, la columna y la poesía. A Alfredo Landa muchos lo recordarán por el landismo, ese género de cine al que dio nombre y que al le dio trabajo, pero yo lo haré siempre como Germán Areta recorriendo esa Gran Vía que era Broadway. Y también por una de sus intervenciones en los Cowboys, cuando aún eran de la COPE y donde relató con todo detalle cómo preparaba todo lo necesario para hacer los martinis y las copas a sus amigos, a los que recibía en la inmensa cocina de su casa y de la que salían horas después tambaleándose y con la sonrisa perpetua.

Porque el dry martini si no es el mejor cóctel del mundo, es que aún no han tomado los suficientes. Siempre se debe apretar el gatillo dándolo todo por sabido, siempre la primera estocada: una bala de plata, un cuchillo disuelto. Bañarse en ese océano de lágrimas y perfume no deja incólume a nadie.

Nos vemos en la barra, brindo por ustedes.