Este año se han cumplido 40 años del estreno de ‘Volver a empezar’, la película del gran director, del maestro de maestros, José Luis Garci. Fue el primer Oscar para un español, y no sólo eso: también fue la primera película que lo logró en lengua española. La película, si no la han visto no sé a qué están esperando ni qué hacen con sus vidas, trata sobre un escritor exiliado que tras haber obtenido el Nobel y ya en el ocaso de su vida decide volver al Gijón de su niñez y reencontrarse con la ciudad, con Asturias, con los amigos, con el amor y consigo mismo. No pienso destriparles nada más, porque, insisto, deben verla: no se puede dejar pasar la genialidad sin echarle un ojo.

Pero aquí no vengo a hablarles de la película, sino de su director y guionista: Garci. Los que me conocen o me leen ya sabrán mi debilidad por él, es sin duda no uno de mis directores favoritos, es más aún, es un referente y una persona a la que admiro en todo lo que hace, habla o escribe. Forma parte de esa gente que sabe transmitir sus pasiones y hacernos partícipes de esos flashes maravillosos y penetrables en los que consiste la felicidad.

Por los 40 años de ‘Volver a empezar’ se organizó un homenaje en Gijón: proyectaron el filme en el Jovellanos y destaparon una placa conmemorativa en el Hotel Asturias (lugar que sale en la película con un peso importante dentro de la trama). En Oviedo, también proyectaron su película con el mismo propósito. Por la pandemia, la edad, el desplazamiento o porque no le apetecía, JLG no acudió a estos ni a otros muchos que se le organizaron. Es absolutamente entendible; apenas se mueve de su Madrid, y cuando lo hace es sólo hasta su casa de Málaga. El Director (con mayúscula por que se lo ha ganado) se queja de que ya ninguno de sus amigos asturianos está aquí: unos han muerto y otros se han mudado. Y creo que no quiere enfrentarse a la realidad de que ya sólo queda él, a esos recuerdos generadores de nostalgia perpetua. Las pérdidas de aquellos a quienes queremos no se superan, y sólo de algunas somos capaces de sobreponernos, pero vamos capeándolas.

Me hubiese gustado que Garci viniese a Asturias: por todo lo que le debemos por habernos hecho plató de la mayoría de sus películas y mostrado en el mundo entero, por sentirse siempre un asturiano de pro y sacar pecho orgulloso de serlo, por esto y más. Y hubiese querido poder pasar tiempo con él, hacer ese paseo por Gijón que tenía pendiente con Gistau (“el mejor amigo que podrías tener”, dijo de él): bajar de Begoña a Correos, tirar por la calle Corrida, llegar al muelle, luego hasta Cimadevilla pasando por el Hotel Asturias y una vez allí, ver la puesta de sol desde el Cerro de Santa Catalina.

Y también que viniese a Oviedo, e ir a buscarle una mañana con frío pero soleada al Reconquista, pero no muy pronto, porque él como toda la gente de bien odia madrugar. Luego pasear Oviedo: el Campo San Francisco, la Catedral, el Fontán, todo el Antiguo y lo que él quisiera. Decirle que ya no está Logos con su vermú de solera y sus pinchos, pero que sigue La Paloma. Que El Paraguas ya no es el que le enseñaron sus amigos Juan Cueto y Gustavo Bueno, pero no dista tanto y sigue su esencia. Tampoco está La Corrada del Obispo, ahora ahí va la gente a beber, drogarse y ligar, que como él dijo es a lo que vas a los bares por la noche. Y que ya no está el MARTANA y que en el Reconquista ya casi nadie bebe, pero que hay un sitio siempre con las puertas abiertas y que preparan los mejores cócteles de la ciudad, un sitio que él no conoce pero que le gustaría, un sitio que se llama MALA-SAÑA. Y una vez en esta coctelería en Oviedo que nos diesen las mil hablándonos dry martinis, ese “cuchillo disuelto” que decía su amigo Manolo Alcántara, y que él estuviese a gusto y yo sólo escuchase. Somos todos actores esperando a un gran director.

Nos vemos en la barra, va por Garci, brindo por ustedes.